Historia

La primera vez que diagnosticaron cáncer a mi madre sólo pensé en el miedo a la muerte. Cinco años, dos operaciones, un tratamiento de quimioterapia y varias revisiones después tuve, si cabe, más miedo a la espera.

Hemos sentido el peso de la espera en varias de sus más crueles versiones. Considero que ésta tiene múltiples caras y ritmos, diferentes tempos y sus connotaciones psicológicas correspondientes. De todas las que he vivido junto a mi madre recuerdo tres con especial intensidad y, curiosamente, visualizo cada una de ellas en un espacio concreto del Hospital Ramón y Cajal.

En la sala de espera de oncología, espacio marcado por las llamadas que, por megafonía, avisan a los pacientes para entrar en consulta, el ritmo es irregular y trepidante. Se palpa la incertidumbre. Un murmullo aburrido y cansino es el fondo sonoro de una extraña mezcla de pensamientos que unas veces hablan de la satisfacción de expectativas y otras del miedo a la recaída. A este espacio, aunque las cosas marchen bien, el protocolo obliga al enfermo a, cada cierto tiempo, volver.

En el Hospital de Día, donde habitaciones con sillones en las que cuatro personas comparten tratamiento de quimioterapia y miradas, el tiempo se hace eterno. Y las personas no hablan, se escucha un silencio frío interrumpido por el pitar de las máquinas que nutren de esperanza y veneno a los de la sala.

Por último, las habitaciones, el espacio más privado. En ellas se impone el dolor.

Pasó el tiempo.

Obsesionada por la carga psicológica del peso de la espera, la vida me brindó la bonita oportunidad de utilizar una exposición fotográfica como perfecta excusa para escribir un mail contando la idea, proponiendo el proyecto e invitando a los músicos. Y ocurrió el milagro. Como seres divinos dispuestos a regalar sus interpretaciones a los demás, respondieron muchas personas con ganas de participar y hacer de esta idea una realidad. Y entré con los músicos a ese hospital para tratar de hacer hueco a la música, motor de mi vida, en cada uno de esos espacios que yo ya había recorrido con mi madre. Y desde entonces hasta ahora no he dejado de contar con ellos pues su implicación va in crescendo y la avalancha de mails que cada día descubro en mi correo hace que podamos ver en este proyecto un futuro con continuidad.

Hoy, después de haber cambiado nervios por sorpresas musicales en esa misma sala de espera; de habernos colado en el Hospital de Día para perdernos con los pacientes en sus miradas de esperanza mientras escuchamos música a ritmo de goteos que pitan, pero ya no incesantemente porque ahora los colorean violines, voces, cellos y guitarras; después de haber violado la intimidad más íntima, la de las habitaciones de un hospital y, alentados por la alegría de las enfermeras, haber recogido en ellas lágrimas de emoción y pies marcando pulsos a ritmo de tango; después de haber visto rebotar palmas de agradecimiento por los pasillos y habernos sentido partícipes en cambiar el paisaje sonoro de un hospital… Hoy sé que no tengo miedo a la espera.

Y siempre que salimos de ese hospital nos encontramos con que la terapia también es para nosotros. De cada una de nuestras reflexiones brotan los recuerdos y con ellos las sonrisas, las miradas, las conversaciones y las reacciones que hemos recolectado.

Me embarqué en esta aventura buscando cambiar los tempos de espera y, ahora, con el tiempo como testigo, entiendo que no se trata de cambiar su ritmo sino de darle color. Y a mí me gusta que su rotulador sea la música. Y la experiencia vivida nos dice que a los enfermos también, pero sin perder nunca de vista que hay tempos inalterables y puertas de habitaciones que merecen el respeto de elegir si quieren ser cerradas.

A día de hoy, mi madre y yo sólo vivimos la espera de la sala de oncología. La que, de momento cada tres meses, nos proporciona una guarida donde aguardar el cara a cara con la doctora que nos desvela el secreto que todavía el cuerpo de mi madre esconde. Y esta espera que, supuestamente y si nada cambia, irá retardando su tempo, formará siempre parte de la sinfonía que ya compone nuestras vidas. Pero ahora esa espera tiene color. Y música.

A mi mamina